— Si te niegas a poner el departamento a mi nombre, ¿para qué me sirves como esposa? — soltó Carlos en pleno altercado, y sus palabras cortaron el aire como una bofetada.

 

Las velas del pastel temblaban como pequeñas llamas asustadas — frágiles, a punto de apagarse. En la habitación en penumbra se mezclaban los olores del espumante tibio, la carne fría y los postres — un cóctel pesado de “amor, estabilidad y felicidad familiar”.

 

Ana estaba sentada en el sofá, intentando no delatarse, pero el leve temblor de su párpado la traicionaba. Veintiséis. La edad en la que la chica todavía espera un milagro y la mujer ya conoce el precio de la confianza. Miraba a su esposo — Carlos, con camisa blanca y ese encanto calculado típico de los vendedores de agencias dudosas.

 

— Mi querida esposa… — Carlos levantó la copa y, con una sonrisa ligera, miró a la suegra. — Haces especial cada uno de mis días. Gracias por estar a mi lado.

 

Los invitados aplaudieron, coordinados y mecánicos. Ana apretó los labios en algo parecido a una sonrisa. Su madre aplaudía, roja de orgullo. El padre observaba con cautela.

*

— Ana está radiante — dijo él.

 

— Ana floreció — intervino Lucía, la suegra. — Una verdadera ama de casa, hermosa, como debe ser.

 

Las palabras sonaban dulces, pero eran una evaluación.

 

La noche se alargó. Miradas, platos, silencios.

 

— Estoy tan feliz de que seas feliz — dijo la madre.

— Cuídalo — añadió el padre.

 

— Son casi la pareja perfecta — dijo Lucía. — Casi.

 

— Quiero un hijo — dijo Ana más tarde.

— Claro — respondió Carlos, evitando su mirada.

 

— Espero un regalo especial.

 

El día llegó.

 

— ¡El departamento! — explotó él.

 

Ana se quedó inmóvil.

*

Ana guardó silencio durante tanto tiempo que el ruido de la ciudad detrás de la ventana del taxi se volvió insoportablemente fuerte. Las farolas pasaban una tras otra, como si alguien hojeara con prisa la vida de otra persona.

 

—¿Estás… bromeando? —logró decir por fin, sintiendo cómo el frío le subía desde adentro.

—¿Y qué tiene de gracioso? —Carlos apartó la mirada hacia la ventana. —Te lo dejé bien claro. Ese es el “regalo especial”.

 

—¿Esperabas que te regalara el departamento? —la voz de Ana tembló, pero se mantuvo firme.

—No “regalar” —la corrigió irritado—. Ponerlo a mi nombre. Somos una familia.

 

La palabra “familia” sonó tan cotidiana, como si se tratara de una suscripción o de un contrato.

 

—Ni siquiera me preguntaste si yo quería eso —dijo ella en voz baja.

—¿Y para qué iba a preguntar? —sonrió con desdén—. Tú tienes un departamento, yo tengo proyección. Todo es lógico.

 

Ana miraba su perfil y, por primera vez, no veía a su esposo, sino a un extraño. Guapo, seguro de sí mismo, calculador. El mismo que sabía decir las palabras correctas cuando había invitados alrededor de la mesa.

 

—¿Y si no acepto? —preguntó casi en un susurro.

Carlos se giró bruscamente:

—Entonces me dejas mal parado. Frente a mi mamá, frente a la gente. Yo contaba contigo.

*

El taxi se detuvo. El chofer tosió con incomodidad, fingiendo que no había escuchado nada.

 

En casa, Carlos caminaba de un lado a otro sin siquiera quitarse la ropa, como si siguiera discutiendo con un adversario invisible.

—¿Te das cuenta de lo que vale esto? —decía—. Es un paso adelante. Para nosotros.

 

—Para ti —lo corrigió Ana—. ¿Y para mí?

 

Él se quedó callado. Un segundo de silencio resultó más fuerte que cualquier grito.

 

—Estás complicando todo demasiado —soltó al fin—. Una esposa que ama no hace esto.

 

Ana sintió de pronto un cansancio profundo, hasta los huesos. No lágrimas, no histeria, sino claridad.

—Un esposo que ama no impone ultimátums —dijo con calma.

 

Por la mañana, Carlos se fue dando un portazo. Dijo que necesitaba “pensar”. Ana se quedó sola, en el departamento donde hasta el día anterior cada objeto parecía parte del futuro.

 

Durante el día llegó Lucía. Sin avisar.

—Carlos está muy afectado —empezó desde la puerta—. Espero que entiendas que así no se construye una familia.

—Justamente estoy empezando a entender —respondió Ana.

 

La suegra la miró con atención, por primera vez sin una sonrisa condescendiente.

—Eres todavía joven —dijo—. Pero a veces hay que ser más flexible.

—A veces hay que ser más honesta —respondió Ana en voz baja.

 

Una semana después, Carlos regresó. Seguro, contenido.

—Entonces, ¿ya pensaste?

 

Ana le tendió una carpeta.

—Sí. Ya pensé. Aquí están los papeles del divorcio.

 

Él se rió, sin creerlo de inmediato. Luego la risa se apagó.

—¿Hablas en serio? ¿Por una simple formalidad?

*

—No por el departamento —dijo ella—. Sino porque de repente entendí que aquí no me aman. Me usan.

 

Él siguió hablando —de errores, de emociones, de que “todos viven así”—. Ana casi no lo escuchaba.

 

Cuando la puerta se cerró detrás de él, en el departamento quedó silencio. No vacío: silencio.

 

Por la noche, Ana encendió una vela que había quedado de aquel pastel. La llama ya no temblaba.

Ana la miraba y, por primera vez en mucho tiempo, no sentía miedo, sino certeza: de ahora en adelante sería difícil, pero esa sería su vida.