— No está pidiendo nada del otro mundo — solo que registres a ella y a los niños en tu departamento — dijo el esposo con un tono como si no se tratara de su propiedad, sino de una simple formalidad sin importancia.
Laura levantó la vista de la laptop justo cuando Martín se sentó frente a ella en la mesa de la cocina. En las manos llevaba una taza de café — ya la tercera de la mañana.
Lo anotó de forma automática: la primera había sido a las siete, la segunda alrededor de las nueve, y ahora esta era la tercera. Una costumbre profesional de analista: fijarse en los detalles y ordenarlos en un sistema.
Afuera se extendía un día gris de noviembre. Las gotas de lluvia resbalaban por el vidrio, borrando los contornos de los edificios vecinos. Laura llevaba dos meses trabajando desde casa — la nueva empresa le permitió sin problemas el formato remoto. Era cómodo, sobre todo en invierno: sin traslados, ropa favorita y café a cualquier hora.
— Ayer confirmaron definitivamente a Ana en Praga — dijo Martín, dejando la taza sobre la mesa. — En un mes se va. Con los niños.
*
Laura asintió sin apartar la mirada de la pantalla. La noticia no la sorprendió: Ana llevaba tiempo preparándose para la mudanza — estudiaba checo, reunía documentos, buscaba escuela para Carla y Mateo.
El trabajo en IT ofrecía ese tipo de oportunidades: lo principal era tener internet estable.
Una buena perspectiva, una vida nueva. Laura se alegraba sinceramente por ella. Ana lo merecía. Después del divorcio había sacado adelante a los niños sola, trabajaba hasta el agotamiento y vivía en un departamento pequeño de alquiler. Ahora tenía la oportunidad de cambiarlo todo.
— Pero hay un detalle con el registro — continuó Martín con cautela. — Necesita una dirección registrada en Rusia. Para bancos, impuestos… ya sabes.
Laura levantó las cejas, sorprendida. ¿Qué tenía que ver ella en todo eso? Ana era una mujer adulta, capaz de resolver sus asuntos.
— En la casa de campo no se puede — no tiene estatus de vivienda — explicaba Martín despacio, como si temiera que ella no lo entendiera. — En casa de mi mamá tampoco — perdería beneficios. Y tú tienes un departamento.
Laura cerró la laptop lentamente. Ahí estaba. Casi esperaba esa conversación, aunque no sabía por qué. Solo sentía que algo se acercaba.
El departamento lo había heredado de su abuela Rita. Dos ambientes, en un edificio de ladrillo, cerca del metro. Al principio ella y Martín pensaron mudarse ahí, pero decidieron quedarse en la casa de él: más amplia, con terreno, garaje y jardín. El departamento lo alquilaban a una pareja joven por cuarenta mil — un buen aporte al presupuesto.
— Ana no va a vivir ahí — decía Martín con suavidad. — Solo necesita el registro. Una formalidad. De todos modos se va.
Laura se levantó y se acercó a la ventana. La lluvia golpeaba el vidrio y por dentro le recorrió un frío desagradable. No por la petición de ayuda — eso habría sido natural. Sino por la forma en que él lo planteó. Como si fuera algo obvio.
— ¿Ya se lo prometiste? — preguntó en voz baja.
— ¡No! — respondió Martín apresurado. — Primero quería hablarlo contigo. Somos familia.
Familia. Una palabra bonita. Pero ¿por qué decidir a costa de su departamento?
— ¿Y si yo quisiera vender la propiedad? — preguntó Laura.
— ¿Para qué? — se sorprendió Martín sinceramente.
— No sé. Tal vez quiera algo más grande. O invertir el dinero. O comprar una casa frente al mar.
— Pero eso no será mañana — se encogió de hombros él. — Y Ana quizá vuelva en unos años.
Laura regresó a la mesa. En el estómago se le apretó una sensación conocida y desagradable — la misma de la infancia, cuando los adultos decidían por ella.
— Martín, ¿sabes cómo dar de baja a alguien del registro si está en el extranjero?
Él parpadeó.
*
— Bueno… supongo que como siempre.
— ¿Y si no puede venir? ¿O no quiere?
— ¡Pero es Ana! — se sorprendió. — Somos familia.
Laura recordó historias de conocidos. Un colega pasó un año en juicios para sacar del registro a un familiar que se había ido al extranjero. En otra familia, la persona desapareció y sin ella no pudieron regularizar el departamento.
— ¿Y los niños? — preguntó. — Carla y Mateo. ¿También los vas a registrar?
— Bueno… sí. Son menores. La madre decide por ellos.
— La madre que va a vivir en Chequia — señaló Laura con calma.
Martín frunció el ceño.
— Laura, es algo temporal. Ana es una persona razonable. No va a causar problemas.
— No dudo de que Ana sea una buena persona — lo miró Laura directamente a los ojos. — Pero la vida cambia. Hoy es así, mañana puede ser distinto.
— Mi hermana no pide mucho — solo que registres a ella y a los niños en tu departamento — repitió Martín, y en su voz ya se notaba la irritación.
Laura dejó el vaso sobre la mesa con un movimiento brusco. El agua se derramó.
— No quiero arriesgar mi propiedad — dijo con firmeza.
Martín quedó desconcertado.
— ¡Pero tú no vives ahí!
— No vivo ahí, pero es MÍO — dijo Laura con énfasis. — Y quiero poder decidir yo qué hacer con él. ¿Entiendes la diferencia?
Martín guardó silencio. Era un silencio denso, pesado, como el aire antes de una tormenta. Miraba el agua derramada, luego los puños cerrados de Laura y finalmente su rostro.
— Te lo estás tomando demasiado a pecho — dijo por fin, más bajo. — Solo quería ayudar a mi hermana.
— Querías ayudar a costa mía — respondió Laura con calma. — Sin darte cuenta.
Él apartó la silla de golpe y se puso de pie. Empezó a caminar por la cocina, pasándose la mano por el cabello — un gesto que aparecía siempre que la conversación se le iba de las manos.
— A veces siento que solo piensas en los riesgos — soltó. — Como si viviéramos en un mundo donde todos esperan engañar a alguien.
Laura sonrió apenas, sin alegría.
— No, Martín. Pienso en las consecuencias. Porque con ellas es con lo que luego se vive. No con los que prometen, sino con los que firman.
Él se detuvo junto a la ventana, dándole la espalda.
— Ana no nos haría algo así.
— No digo que lo haría — suspiró Laura. — Digo que la vida no siempre sale según el plan. Enfermedades, divorcios, nuevos matrimonios, hijos, juicios… ¿de verdad quieres comprobar todo eso con mi departamento?
Martín se dio vuelta de golpe.
— ¿Entonces simplemente dices “no”?
*
— Digo “no” a esta solución — precisó Laura. — Sin garantías. Sin claridad sobre lo que vendrá después.
Él volvió a sentarse. La irritación dio paso al cansancio.
— ¿Y qué propones? — preguntó apagado.
Laura pensó un instante. No quería ganar. Quería que la escucharan.
— Que Ana haga un registro temporal en la vivienda que alquila — dijo. — O que busque una opción oficial a través de una agencia. Sí, es más caro. Sí, es más complicado. Pero es su mudanza y su responsabilidad.
— Ya le cuesta bastante — murmuró Martín.
— Le costaba — lo corrigió Laura con suavidad. — Ahora tiene un contrato en Europa. Un nuevo sueldo. Nuevas oportunidades. Esto no es una petición de ayuda, es un intento de facilitarse la vida sin pensar en las consecuencias para mí.
Siguió un largo silencio.
— Ana se va a molestar — dijo él al final.
— Puede ser — asintió Laura. — Pero si se molesta porque no quiero arriesgar mi único activo, entonces no respeta mis límites.
Esa misma noche, Martín de todos modos la llamó. Laura no escuchó toda la conversación, pero por la entonación entendió que no fue fácil. La voz subía, luego se volvía cansada, luego irritada. En un momento dijo: «Es su departamento», y Laura sintió por primera vez en el día cómo la tensión dentro de ella se aflojaba un poco.
Después de la llamada, él permaneció largo rato en silencio y luego se acercó.
— Está molesta — dijo.
— Lo entiendo — respondió Laura.
— Pero dijo que se va a arreglar sola.
Laura asintió. No sentía ni satisfacción ni alivio — solo una certeza tranquila de haber hecho lo correcto.
Por la noche, en la oscuridad, Martín dijo de repente:
— No pensé que esto fuera tan importante para ti.
*
Laura se giró hacia él.
— No es importante por el departamento — dijo en voz baja. — Es importante por el respeto. Si no está en las cosas pequeñas, no estará en las grandes.
Él no respondió. Pero al día siguiente, al salir para el trabajo, por primera vez en mucho tiempo, la besó en la frente.
Y Laura, al cerrar la puerta detrás de él, volvió a la laptop y se dio cuenta de que no sentía ansiedad, sino una sensación extraña, casi olvidada — la sensación de tener suelo firme bajo los pies. No en las promesas de otros, sino en sus propias decisiones.