—«Eres joven, no entiendes nada, ¡el departamento ahora es nuestro!» —declararon los suegros. Y mi esposo me traicionó en un solo instante.
Alicia estaba sentada a la mesa de la cocina, mirando distraída la zanahoria que intentaba cortar. Parecía que incluso los vegetales conocían sus debilidades: se partían, se deslizaban bajo el cuchillo y al final los trozos salían torcidos, como su vida: ni redonda ni angular, pero definitivamente desigual.
—¿Otra vez maltratando la comida? —dijo con una sonrisa fingida Verónica, la suegra, asomándose a la olla. —La zanahoria debe quedar pareja, como soldaditos, y la tuya… parece salida del hospital.
Alicia apretó la mandíbula. Quería responder, pero a su lado estaba Martín, su esposo, con la expresión habitual de “solo que mamá no se ofenda”. Ni siquiera levantó la vista del teléfono.
—Verónica, no todos nacen con talento culinario —respondió Alicia con sequedad, decidiendo que ya era hora de marcar límites, al menos de vez en cuando.
—Alicia, ¿por qué tan brusca? —intervino enseguida Martín, tocando la pantalla con culpa. —Mamá solo da un consejo.
*
¿Un consejo? Recordó cómo la habían “aconsejado” durante esos siete años: cómo sostener la cuchara, cómo lavar “correctamente” y cómo “una mujer debe agradecer que la hayan tomado por esposa”.
Verónica puso los ojos en blanco:
—Ah, claro. Nada te parece bien. Ni la sopa, ni el departamento tan pequeño. Otros viven como corresponde… y ustedes siempre alquilando, como pobres.
La palabra “pobres” quemó a Alicia más fuerte que una bofetada. Sabía que la conversación no terminaría en la cocina. Siempre era algo más grande: su lugar en la familia, su valor, ese eterno “aquí eres ajena”.
Y aun así, esa noche todo cambió. Sonó el teléfono y Alicia escuchó la voz del notario:
«Usted es la única heredera del departamento de su abuela. Superficie: setenta metros cuadrados, zona céntrica. Valor de mercado aproximado: diez millones».
Le dio vueltas la cabeza. Siete años de humillaciones y un departamento alquilado y estrecho… y de pronto espacio. Su hogar. Su territorio. Sin el olor de comidas ajenas ni críticas interminables.
Pero la alegría duró poco. Al día siguiente, en la cocina, tuvo lugar la primera “reunión familiar”.
—Diez millones es una suma seria —dijo Roberto, el suegro, carraspeando como si hablara desde un estrado. —Ahora eres parte de la familia. Eso significa que el departamento debe servir a la familia.
Alicia lo miró de frente.
—Lo siento, pero es la herencia de mi abuela. Mi herencia.
Verónica alzó las manos:
—¡Dios mío! ¿Qué dices? ¿“Tuya”? ¡Somos una familia! Y la familia debe ser unida. Roberto y yo sabemos mejor cómo manejar una propiedad así. Tú eres joven, inexperta.
Martín bajó la mirada.
—Tal vez mamá tenga razón…
Esas palabras fueron las que más la hirieron. No el ataque de la suegra, ni la presión del suegro, sino ese “tal vez”.
*
—¿Entonces “mamá tiene razón”? —la voz de Alicia tembló—. ¿Y yo qué soy?
Martín se levantó, intentando suavizar la situación:
—Alicia, exageras. Solo… hay que pensarlo.
Roberto sonrió con condescendencia:
—Niña, ¿entiendes que si nos das el departamento podemos cambiarlo por dos? Uno para ustedes y uno para nosotros. Todo es justo.
Alicia sonrió con amargura:
—¿Justo? ¿Eso llaman justo? No me dejaban ni comprar mi propio hervidor y ahora quieren repartir el departamento.
Verónica rompió a llorar de forma teatral:
—¡Dios mío! Te aceptamos como a una hija y tú… nos traicionas.
Alicia no aguantó más. Se levantó bruscamente y la silla cayó con estruendo al suelo:
—¿Como a una hija? Me humillaron durante años. Y si para ustedes soy “ajena”, entonces el departamento también lo es.
Se hizo un silencio tan profundo que se escuchaba el tic-tac del reloj. Martín miraba perdido entre su madre y su esposa.
—Martín —dijo Alicia con firmeza—, si ahora no dices de qué lado estás, considera que todo se acabó.
Él tragó saliva. Sus hombros cayeron sin fuerzas.
—Supongo que… mamá tiene razón.
Esas palabras fueron el golpe final. Alicia entendió que su matrimonio no se rompió por el departamento, sino porque a su lado no había un hombre, sino un niño escondido detrás de su madre.
Respiró hondo.
—Bien. Entonces el departamento se queda conmigo. Y tú y yo, Martín, ya no existimos.
Por primera vez en siete años, Alicia sintió que estaba de pie sobre sus propias piernas. Que temblaran, que el suelo se moviera —pero era su suelo.
Levantó la silla y la colocó en su sitio. Y de pronto notó que las zanahorias en la olla ya no parecían trozos rotos, sino soldados después de una batalla larga y dura.
*
Alicia salió de la cocina despacio, casi con solemnidad, como si temiera que un movimiento brusco pudiera romper la frágil determinación que acababa de nacer en ella. En el dormitorio cerró la puerta y se apoyó contra ella. El corazón le latía tan fuerte que parecía escucharse al otro lado de la pared.
Desde la cocina llegaban voces apagadas. Verónica susurraba irritada, Roberto respondía con dureza y Martín guardaba silencio. Ese silencio dolía más que cualquier grito. Antes, Alicia buscaba en él duda, esperanza, aunque fuera una sombra de protección. Ahora: vacío.
Sacó la maleta con la que alguna vez llegó al departamento alquilado, convencida de que empezaba una nueva vida. Las cosas entraban sin prisa: documentos, ropa, la computadora, una taza vieja con el asa rota —lo único que había traído de la casa de su abuela. Lo demás quedó en el armario, como si nunca hubiera sido suyo.
Cuando salió, en la cocina reinaba el silencio. Verónica estaba sentada con el rostro de piedra, Roberto miraba la mesa y Martín se levantó, como si reaccionara demasiado tarde.
—¿A dónde vas? —preguntó él, con la voz ronca.
—A un lugar donde no me repartan —respondió Alicia con calma—. Y donde no decidan por mí.
—Alicia, espera —dio un paso hacia ella—. Hablemos sin emociones.
Ella lo miró largo rato, como si lo viera por primera vez.
—Siete años hablamos. Siempre sin emociones. Pero también sin mi voz.
Verónica se levantó de golpe:
—¿Ves, Martín? Yo te lo dije. Apenas apareció el dinero, mostró su verdadera cara.
Alicia ni siquiera se volvió.
—Mi verdadera cara es la de alguien que ya no permite que la rompan —dijo en voz baja.
Salió cerrando la puerta con cuidado. En la escalera olía a humedad y a comida. Alicia bajó sintiendo cómo, con cada paso, la tensión abandonaba sus hombros, su espalda, su respiración. Afuera hacía fresco y ese frío la despejaba.
*
La primera noche la pasó en un pequeño hotel cerca del departamento de su abuela. Paredes viejas, una cama que crujía, el ruido ocasional de los autos —y una extraña sensación de paz. No lloró. Las lágrimas se habían quedado allí, en la cocina, junto con las expectativas ajenas.
Una semana después, Alicia ya estaba de pie en el departamento vacío. La luz del sol caía sobre las paredes desnudas y el silencio era distinto: no oprimía, estaba vivo. Abrió las ventanas y, por primera vez, sonrió de verdad.
Martín llamó. Al principio seguido, luego cada vez menos. Los mensajes se volvieron cortos, las disculpas formales. En uno escribió: “No quería que terminara así”. Alicia lo leyó y lo borró. Ya no importaba lo que él quisiera. Importaba lo que había elegido.
Compró un hervidor nuevo, simple, blanco. Lo puso al fuego, preparó té y se sentó junto a la ventana. La ciudad vivía su vida, y en esa vida por fin había lugar para ella.
Alicia levantó la taza, dio un sorbo y sintió una ligereza extraña. No felicidad. Libertad. Y eso era suficiente para empezar de nuevo, bajo sus propias reglas.