— Mi esposo exigía una parte de mi departamento, y su madre echaba más leña al fuego — pero el tribunal puso el punto final.

 

Mariana solía bromear diciendo que ella y Alejandro vivían “un cuento sin princesa”. Ella — con su propio departamento en Sokol, comprado antes del matrimonio, un buen puesto y la habilidad de hacer crepas más delgadas que las de su madre. Él — encantador, siempre con las palabras correctas listas y una dolorosa sensación de “dignidad personal” en cada detalle de la vida cotidiana. Pero los cuentos, como resultó, terminan más a menudo no con un baile, sino con peleas en la cocina.

 

Aquella noche todo se vino abajo de forma inesperada. Mariana regresó a casa antes — la reunión se canceló, el jefe se fue, el metro estaba vacío. Incluso se alegró: pensó que podrían ver una nueva serie juntos. Abre la puerta — y ve. Alejandro. Lucía. Dos platos sobre la mesa. Vino. Y esa sensación pegajosa, como si delante de ti arrancaran el papel tapiz que tú misma colocaste.

 

— Bueno, aquí está la idilia — dijo Mariana, apoyándose en el marco de la puerta. La voz le temblaba, pero parecía tranquila, como si acabara de entrar con una bolsa del supermercado.

 

— Mariana, espera — Alejandro se levantó de un salto, apartando las manos de Lucía. — ¡Lo entendiste todo mal!

 

— ¿En serio? — Mariana sonrió con amargura y señaló el vestido de Lucía, como si lo hubiera elegido especialmente para un “estreno”. — ¿Y qué más hay que explicar? ¿Se abrió un nuevo club de intereses?

 

Lucía se apresuró a intervenir:

— Mariana, seguramente usted piensa…

*

— Yo pienso — la interrumpió Mariana — que la señorita se equivocó de puerta. Porque este departamento, lo recuerdo, no es tuyo.

 

Mariana dejó el bolso en el suelo con un movimiento brusco y miró directamente a su esposo. Ante sus ojos pasaron todos los años de matrimonio: los viajes al mar, su “estoy contigo”, su “todo es por nosotros”. Y todo resultó ser solo una escenografía que ocultaba un único objetivo.

 

Alejandro habló con una calma inesperada:

— Mariana, no hagas una escena. Somos adultos. De todos modos habrá que dividir el departamento.

 

Esas palabras sonaron como un golpe. Mariana incluso se rió:

— ¿Dividirlo? ¿En serio? Compré este departamento mucho antes de la boda. A lo sumo puedes reclamar la mitad de un taburete.

 

Captó la mirada de Lucía. Ella claramente esperaba que Alejandro dijera: “Nos vamos, empezamos de nuevo”. Pero él guardó silencio. Guardó silencio y sonrió con su sonrisa habitual, como si estuviera en una negociación.

 

Mariana sintió cómo el calor le subía por dentro.

— Fuera de aquí. Los dos. Ahora mismo — su voz era tan fría que a Lucía le temblaron las manos.

 

Alejandro intentó presionar:

— Mariana, estás exagerando. Podemos hablarlo con calma, y tú lo conviertes en un espectáculo.

 

— ¿Un espectáculo? — Mariana dio un paso hacia él y lo empujó con la palma en el pecho. — Todo este tiempo fue un espectáculo. Tú actuabas como esposo, y yo creía. Se acabó. Telón.

 

Lucía agarró su bolso y salió primero. Alejandro se quedó un momento más.

— Yo solo quería… — empezó.

 

— Querías una parte — lo interrumpió Mariana. — Admítelo al menos una vez con honestidad: tu amor era una inversión con cálculo.

 

Él frunció el ceño, pero no respondió. En la puerta susurró:

— Te vas a arrepentir.

 

— No — dijo Mariana con firmeza. — Te arrepentirás tú de haberme subestimado.

 

Cerró la puerta y se dejó caer al suelo. Las lágrimas corrían, pero no había debilidad en ellas. Había cansancio, amargura y un extraño alivio — como si por fin hubiera arrancado una curita que temía tocar.

 

Mariana pensó: “¿Querías una parte? Aquí la tienes. A mi vida ya no volverás”.

 

Pero aún no lo sabía: Alejandro no pensaba rendirse. Sus planes iban mucho más allá de simplemente “calentarse” en su departamento. Se avecinaba una verdadera batalla — no solo por metros cuadrados, sino por el derecho a decidir quién manda en la casa.

*

Pasaron dos semanas. El departamento volvió a llenarse de silencio — no del acogedor, con un libro y una taza de té, sino de uno tenso, vibrante. Mariana vivía como en pausa: iba al trabajo, respondía correos, sonreía a sus compañeros, pero cada mañana comenzaba con un peso en el pecho. Ella sabía que no era el final. Alejandro amaba demasiado la sensación de control como para desaparecer sin más.

 

El primer golpe llegó un sábado por la mañana, con el timbre. En la puerta estaba su madre — Doña Clara, impecable, con una expresión de dignidad herida.

 

— Tenemos que hablar — dijo, sin esperar invitación.

 

Mariana puso la tetera y se sentó frente a ella. Doña Clara recorrió el departamento con la mirada, como si lo viera por primera vez, y dijo con un desprecio apenas disimulado:

— Alejandro me contó cómo lo echaste. Muy… revelador. Pero olvidas algo: es tu esposo.

 

— Exesposo — respondió Mariana con calma. — Y este departamento es mío.

 

— Todo lo adquirido durante el matrimonio se divide — cortó Doña Clara. — Nos asesoramos.

 

Mariana sonrió levemente.

— Pueden asesorarse cuanto quieran. Los documentos hablan por sí solos.

 

Doña Clara apretó los labios.

— Siempre fuiste fría. Carrera, casa, independencia… Mi hijo solo quería sentirse hombre en esta casa.

 

— ¿A mi costa? — Mariana levantó la mirada. — Que se sienta hombre donde no necesite lo ajeno.

 

Tres días después llegó la notificación oficial: Alejandro había presentado una demanda. Exigía una parte del departamento, apelando a “aportaciones a la vida en común” y a un “valor moral dentro de la familia”. Mariana leyó los documentos dos veces y los guardó con cuidado en una carpeta. Las manos no le temblaban. El miedo había sido reemplazado por determinación.

 

Las audiencias se prolongaron durante un mes. Alejandro se mostraba seguro, hablaba de amor, de planes, de cómo “todo lo habían construido juntos”. A veces lanzaba miradas rápidas a Mariana — unas llenas de esperanza, otras de amenaza. A su lado siempre estaba Doña Clara, apretando el bolso como si fuera un arma.

 

Mariana hablaba poco. Solo hechos. El contrato de compra. La fecha — mucho antes del matrimonio. Recibos. Pruebas. Cuando el abogado de Alejandro intentó presionar emocionalmente, ella se levantó y dijo con voz tranquila:

 

— El amor no se mide en metros cuadrados. Y la traición no es motivo de compensación.

 

En la sala cayó el silencio. Alejandro palideció.

*

La última audiencia fue breve. El juez leyó la decisión con tono neutro: la demanda es rechazada. El departamento queda para Mariana. Punto.

 

Doña Clara fue la primera en levantarse.

— ¡Es injusto! — su voz temblaba. — ¡Él invirtió tanto!

 

El juez la miró con calma.

— Invertir no significa poseer.

 

Mariana salió del tribunal y, por primera vez en mucho tiempo, respiró profundamente. Alejandro la alcanzó en las escaleras.

 

— ¿Estás satisfecha? — preguntó en voz baja.

 

Mariana lo miró sin rencor.

— Soy libre.

 

Él quiso decir algo, pero no encontró palabras. Se dio la vuelta y se fue.

 

Esa noche, Mariana volvió a casa, encendió la luz y permaneció largo rato en medio de la habitación. El departamento ya no parecía un campo de batalla. Era simplemente un hogar. Abrió la ventana, dejó entrar el aire fresco y comprendió de repente: el peso había desaparecido.

 

Puso la tetera, sacó la vieja sartén y preparó crepas — finas, casi transparentes. Se sentó junto a la ventana, miró las luces de la ciudad y pensó no en el pasado, sino en lo que estaba por venir.

 

A veces, el punto final de una historia no es un gesto ruidoso, sino un tranquilo “basta”. Y justamente ahí comienza un nuevo capítulo — sin cálculos, sin miedo y sin las exigencias de nadie sobre tu vida.