— Bloqueé la cuenta — dijo la esposa con frialdad. — El auto es mío. El departamento también. Ahora ve a pedirle a tu mamita.

 

— ¿Dónde anduviste hasta las once, eh? — la voz de Marcos salió desde el baño. Se deslizó en la mañana como una gota de ketchup sobre una camisa blanca: no era una catástrofe, pero arruinó el ánimo.

 

Elisa, ya completamente lista para salir, con las llaves en la mano y el rostro serio, se detuvo en el umbral de la cocina. Se dio la vuelta despacio, como si no fuera un diálogo con su marido, sino una escena de una serie policial: en cualquier momento sonaría un violín tenso y empezarían los créditos.

 

— Estaba trabajando. ¿Dónde más? Tengo un deadline. Un proyecto. Ya lo hablamos, Marcos. No una vez. Dos. ¿O solo asentías como esos muñequitos del tablero?

 

— Ay, no empieces… — salió del baño el protagonista de la discusión, envuelto en una toalla y con cara de “no me importa, pero igual voy a decir algo”. — Solo pregunté. ¿Por qué te pones a la defensiva de inmediato?

*

— Porque tú “preguntas” como un fiscal en una serie sobre corrupción. Ni siquiera alcancé a servirme café y ya estoy bajo sospecha.

 

— ¿Quién te cela, Elisa? — bufó él, fingiendo que todo le parecía hasta gracioso. Pero sus ojos se movían nerviosos. Un ojo entrenado habría visto ahí la mirada de un alumno atrapado con el celular en un examen. — Tú siempre con trabajo y deadlines. Yo solo me preocupo. Uno nunca sabe.

 

Ahí estaba. Los síntomas de la manipulación crónica. Todo empieza siempre con “me preocupo”. Luego viene “un poco de dinero para las medicinas de mamá”, y termina en “pongamos el auto a nombre de mamá, tiene beneficios, es jubilada”.

 

Ella lo miró con esa expresión que solo pueden darse las mujeres que alimentaron, cuidaron y terminaron decepcionadas. Estaba bien arreglado, en forma, con esa sonrisa autosuficiente que antes parecía atractiva. Ahora irritaba. Como el anuncio de voz en un ascensor que pasa de largo tu piso.

 

— ¿Llamaste a tu mamá? — preguntó ella, sirviéndose café. — ¿O otra vez esperas que yo transfiera el dinero?

 

— Eli, pero tú misma dijiste que no te molestaba. Tiene la presión alta. — Marcos intentó mostrar preocupación. Salió mal: como un actor que olvidó el guion y decide improvisar.

 

— Claro. Acabo de entregar un proyecto de un millón y resulta que yo soy la que va a mandar a tu madre a terapia intensiva. No tú, que olvidaste su cumpleaños y te acordaste solo después del mensaje: “Hijito, ¿todavía te acuerdas de mí?”

 

Marcos puso cara de ofendido, activando el modo “soy pequeño pero orgulloso”.

 

— ¿Te duele tanto? Son solo cinco mil.

 

— No me duelen los números. Me duele vivir con un tipo que por la mañana interroga, después pide dinero, luego se justifica, y todo con la salsa de “me preocupo”.

*

Él se dio la vuelta y se metió en el celular, como si estuviera a punto de encontrar ahí la fórmula para ser un buen esposo en promoción. Sin inversión ni responsabilidades.

 

— Todo está claro contigo. Como siempre. No te importa nada.

 

Como siempre. Ni siquiera se sorprendió. En ese “como siempre” cabía toda su vida juntos de los últimos cuatro años. Él, susceptible y convencido de que el mundo no lo valora. Ella, cansada y ya sin fe en poder cambiarlo. Su show nocturno terminaba invariablemente igual: él frente a la computadora con aire importante, ella en el baño con una manta y una taza.

 

Elisa estaba junto a la ventana mirando la calle. Junio hacía lo suyo: calor, polvo, y el asfalto olía como si ya estuviera harto de alguien. Todo era familiar. Todo, menos ella misma.

 

Estaba cansada. De verdad. No como después del trabajo. Sino como se cansan las personas cuando entienden que no solo no las escuchan. Las usan.

 

Por la noche decidió salir a caminar. Sin objetivo. Sin ruta. Solo caminar. Quería, aunque fuera por media hora, dejar de ser la esposa de Marcos, una gerente de proyectos, una adulta responsable. Ser simplemente alguien. Tal vez incluso un fantasma.

 

Y entonces — un café. Nada especial. Sillas de plástico, olor a café y pan dulce. Pero se quedó inmóvil. Allí, detrás del vidrio, estaba Marcos.

 

No estaba solo.

 

Con una mujer. Joven, luminosa, con esos labios hechos a pedido en el consultorio de una cosmetóloga. Se reían. Ella lo empujaba en el hombro, y él la miraba como antes miraba a Elisa.

 

Y entonces escuchó.

 

No todo. Un fragmento. Pero a veces uno basta para que toda la vida se arme como un rompecabezas. O se derrumbe como un castillo de naipes.

 

— Apenas firme el poder, presento la demanda de divorcio. Ya casi todo está en el bolsillo.

 

*

— …¿un perro en tu vida llena de lujos?! — gritó Marcos, levantándose de la cama de un salto. — ¡Aquí yo no soy nadie, ¿no?!

 

Elisa se sentó despacio. Se giró hacia él con todo el cuerpo. Su mirada era serena. Demasiado serena como para no inquietar.

 

— No, Marcos — dijo con voz firme. — No eres un perro. Un perro al menos es fiel. Tú eres un proyecto. Fallido. Con plazos eternos y defectos ocultos.

 

Él soltó una risa nerviosa, cortada.

 

— Ah, claro… Ya empezó. Ahora eres inteligente, fuerte, independiente. Llegó el dinero y te creció la corona.

 

— El dinero no tiene nada que ver — se levantó y fue hacia la ventana. — Solo quitó el ruido. Y entonces se oyó cómo mentías. Todos los días. En lo pequeño. En lo grande. Con sonrisa. Con cuidado. Con ese “me preocupo”.

 

Él se acercó, bajando la voz: ese tono peligroso que aparece cuando un hombre siente que pierde el control.

 

— Te inventaste todo. Siempre te gustó el drama. El café, las charlas… ¿De verdad creíste que te dejaría por alguien?

 

Elisa se dio la vuelta.

 

— No. Creí que estabas dispuesto a venderme. Y eso es peor.

 

Quiso decir algo: lo de siempre, ensayado, salvador. Pero ella se adelantó.

 

— Revisé todo, Marcos. El poder del que hablabas: el borrador ya estaba con el abogado. El mismo al que ibas “por trabajo” en marzo. Y las transferencias a tu mamá… curioso, ¿no? El dinero salía, pero las medicinas nunca se compraban.

 

Él palideció. No demasiado. Lo justo para dejar claro: dio en el blanco.

 

— ¿Revisaste mis cosas?

*

— No — negó con la cabeza. — Simplemente dejé de creer. Y cuando dejas de creer, empiezas a ver.

 

El silencio cayó entre ellos, espeso, pegajoso. De esos en los que se oye cómo se resquebraja una máscara ajena.

 

— ¿Y qué quieres? — logró decir al fin. — ¿Un escándalo? ¿El divorcio? ¿Que me arrodille?

 

— Quiero que te vayas — dijo Elisa con calma. — Mañana. Sin escenas. Sin “hablemos”. Sin “ya entendí todo”.

 

— No puedes echarme así nada más — la rabia volvió a su voz. — ¡Esta también es mi casa!

 

— Lo fue — asintió ella. — Hasta que decidiste que yo era el “bolsillo” de alguien. Bloqueé la cuenta. El auto es mío. El departamento también. Los documentos están con el abogado. Ahora ve a pedirle a tu mamita. O a esa actriz del café.

 

Él se rió: fuerte, falso.

 

— Te vas a arrepentir. Las mujeres como tú después lloran.

 

— No, Marcos — por primera vez esa noche dejó escapar una sonrisa cansada. — Lloran los hombres como tú. Cuando de pronto entienden que la fuente se secó.

 

Por la mañana empacó en silencio. Sin teatro. Sin despedidas. Solo el golpe de la puerta de entrada: sordo, definitivo.

 

Elisa se sirvió café. Se sentó a la mesa. Por primera vez en mucho tiempo, sin tensión en los hombros.

*

El teléfono vibró. Mensaje del abogado:

«Todo está listo. Eres libre».

 

Miró por la ventana. La ciudad seguía con su vida. Y en esa vida, por fin, había espacio para ella.

 

Sin interrogatorios.

Sin manipulaciones.

Sin bolsillos ajenos.

 

A veces, para empezar a respirar, basta con cerrar una puerta.